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Una Guía en el Camino. 4ª Jornada: Samos – Mercadoiro. 30Kms.

Despertarse en un Monasterio se convierte el algo tétrico cuando uno se despierta a media noche escuchando un ruido extraño. Ya no sabes si es la sugestión del lugar, el cansancio o simplemente cosas que ocurren y que no tienen explicación.

Nos levantamos temprano y ya, de mañana, dos señoras se pusieron a discutir porque había sonado un despertador durante dos minutos sin que nadie lo apagase. (…) Eran ya las 7 am y estábamos todos en pie; pero qué pasa, que eran señoras sin mochila y con ticket para «hacer el Camino» y claro, no necesitaban despertarse temprano. Dos de las 3 que eran se pusieron a discutir por el tema todos pensamos: si no quieren madrugar, que se vayan a un hotel!  Nos fuimos a desayunar: café grande y bollito con chocolate, para ir cogiendo fuerzas para otra etapa… Distinta.

El primer tramo fue muy feo, mucho tiempo por la calzada; el asfalto machaca las rodillas y la cadera. Todavía no hacia calor, pero se intuía ya temprano que iba a pegar de lo lindo. Y de repente, empieza un tramo muy bonito por el bosque. En cuestión de unos metros estamos rodeados por castaños, prados, valles… En cualquier esquina, un puesto ambulante de agua, refrescos y algún que otro artículo de merchandising se mezclaba con el paisaje. Paramos en unas cuantas áreas de «servicio para el peregrino»: el bar. Seguíamos juntos: Marcos, Valentín, José y yo. Cada día unos tiraban de otros y viceversa. Es curioso, por no decir increíble, como 4 personas totalmente desconocidas, que hacen el Camino sol@s, con y sin motivación especial, se convierte en un Equipo tan fuerte, que nadie piensa en abandonar y tirar sólo para adelante. 4 personas tan distintas como parecidas, 3 hombres y una mujer. Incomprensible y admirable.

Después de reponer energías para lo que quedaba de etapa, nos metimos en una zona de bosque. pensábamos que nos habíamos equivocado porque las flechas amarillas que llevaban señalándonos el Camino, habían desaparecido. Y de frente, una vaquilla. Titiririri! Tiriti! Uau! Los mande a los 3 para delante! La vaquilla empezó a correr, y ooooh! Se dio la vuelta y se enfrentaba a nosotros! Aaaaah! Se puso farruca y parecía que cogía velocidad. Yo empecé a correr hacia atrás, no sin dejar de grabar con la cámara; no fuera a ser que alguno fuese empitonado y nos perdiésemos carne de facebook e impacto TV! Hubo un par de momentos que hasta ellos recularon, la vaquilla dio dos pasos en falso y término escapando hacia el prado. Vaya 4! Pensamos que íbamos a tener que torearla para dejarla ko.

En el camino nos íbamos encontrando a todo tipo de peregrinos:  peregrinos a pie, a caballo, en bici y hasta bébedos como Suelen (estas bébeda Suelen? Lo recordáis?) Una de las que más me ha llamado la atención, fue una brasileña que tenía más brío y ánimo que cualquiera, y es que parecía una profesional, pero no: a las galeguiñas no se nos engaña. Se cogía un bus cuando veía que estaba cansada! Venía de Alicante, con dos «amigas» más: un cubana y una tinerfeña que escapaban de ella cada vez que podían. Las paraba cada dos por tres para que les hicieran una foto! Con pose, eh; toda una profesional, pero de la tontería. Las compañeras decían que es buena chica, pero que no la querían con ellas, que las mareaba (…) Son compañeras de trabajo y se les acopló a último momento. Vaya por dios. Paraba en todos los bares en los que había mandanga y después corría detrás de sus amigas: una personaje.

Seguimos etapa y nos topamos con un granero reconvertido en autoservicio: máquinas de refrescos, café, bocaditos. De todo y a buen precio. Repostamos y seguimos la marcha. Después de km y km, nos cruzamos con nuestro amigo Katoh (un japonés que llevaba un kimono blanco impoluto. Salió desde Roncesvalles y seguía con el kimono blanco 20 días después). Charlamos un poco y lo dejamos atrás. La tarde paso rápido, íbamos pensando en donde dormir y… Oooooooh, de repente nos encontramos con el «Paraíso del Camino»: La Bodeguiña de Mercadoiro». Un Albergue privado al que sólo se accede a través del Camino. Los dueños: dos valencianos que lo rehabilitaron y lo pusieron a funcionar. Una maravilla. Pocas camas, mucho verde, buena comida, inmejorable atención. La noche allí: 9E. Dormimos en una habitación con dos literas, en la de al lado, Kotoh. Nos duchamos, nos lavaron la ropa y a toma una cervecita. Había Guinnness! Al fin deje la rubia y me tome una negra. Había una guitarra para quien quisiera tocar, Jose la acarició y comenzó una noche. La mejor noche en el Camino. De frente, un jardín, a la izquierda el bar, a la derecha, la habitación, y encima un cielo iluminado por los rayos de tormenta que nos dieron el tiempo justo para disfrutar del momento y mandarnos para cama.

En la mesa de al lado, una pareja de maduros argentinos. Charlaron con Marcos, bebieron un par de botellas de vino y dos chupitos de crema de orujo para brindar a nuestra salud. En otra mesa, un grupo de peregrinos al que Jose cedió la guitarra. Uno de ellos comenzó a tocar y a cantar.

Y así seguimos lo que la tormenta nos dejó, que fue poquito.

A dormir!!

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