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Mi vida sin mi. O como la maternidad casi acaba conmigo.

Ya no soy la que era. No soy la misma persona. No soy la misma mujer. Y no lo soy desde hace ya cuatro meses, tiempo en el que me he olvidado de mi, de mi vida, de mi cuerpo, de mi mente. Mi vida sin mi o como la maternidad casi acaba conmigo.

Ya no me levanto pensado en qué me voy a poner, qué voy a subir a Facebook, qué hace falta comprar. Ahora me despierto buscando su mano, su respiración, su abrazo.

He cambiado la lencería fina, y lo de fina en este caso era un adjetivo;  por lencería fina, pero fina finísima; literal. Antes iba impoluta, conjuntada, daba igual el día o a donde iba; el pecho realzado, junto… Ahora… ¡Ahora verme conjuntada es puro milagro! Me imagino verme pasear en paños menores por casa y no me dan más que ganas de darle el pésame al gran hombre. La ropa interior (porque a esto no se le puede llamar lencería) para mamás lactantes es horrible, de colores que no deberían existir, con compuertas que se doblan y con unas cintas que te hacen parecer una cuatrotetasLas chuhis, porque han dejado de ser pechos, están dispersas, como despistadas, una en Cuenca y la otra en Chantada. Y han bajado de nivel. ¡No hay modelito que quede bien con esta prenda infernal debajo! Bueno, si, las camisetas de lactancia. Qué decir de ellas. Éstas las puso el diablo directamente en las tiendas para llevar a las mamás a la ruina sexual.

He pasado de eliminar cual vello se le ocurriese aparecer en mi cuerpo a, en momentos, convertirme en una copia de Frida Kahlo.  Antes me veía al espejo mil veces al día, ahora si me miro ya es mucho. Hay días que salgo de casa vestida de mamá y otras veces de mujer. Hay más de 7 diferencias entre ambas imágenes. Y no es que me de igual, es que desde que soy mamá, mis prioridades han dado un giro de 180º y lo que antes me parecía importantísimo, ahora me la trae al pairo. Pero… ¡Pongo a mister potato por testigo que jamás volveré a dejar pelillos a la mar!

Cuando eres mamá, tu vida se para. Hace, sin que tu lo hayas planeado ni visto venir, un KitKat. Así, sin avisarte. Todo lo de tu alrededor deja de tener valor ni importancia. Sólo quieres estar con tu hijo y no perderte ni una sonrisa, ni una nana, ni un mínimo cambio sin que tu estés allí, presente. A su lado. Mi vida ha quedado en stand by. La conciliación es la gran mentira de nuestra sociedad; porque no existe.

Una persona me dijo, muy inteligentemente, que «Papá y Mamá, además de ser papá y mamá, son una mujer y un hombre. Con sus problemas, sus movidas y sus historias». Se me quedó clavado. Nunca más volví a ver a mis padres igual. Los entendí y ahora que soy madre borraría palabras y cosas que he hecho o dicho.

Intuyo, por los modelos de mujer a las que sigo, que esto se pasa; que todo volverá a la normalidad en algún momento. Que mi vida volverá a ser mía, que mi cuerpo volverá a pertenecerme, que el stand by se convertirá en un play a toda velocidad. Y es que mis modelos a seguir así lo han hecho. Una de ellas es una mujer que crió a 3 niños, de los cuales dos vinieron juntos, y que lleva trabajando más de 43 años en la misma empresa. La otra, es una mujer que ha conseguido sacar una carrera y convertirse en abogada con dos niñas correteando por casa, además de ser empresaria. Ellas son mi madre y mi hermana. Incansables. Fuertes. Auténticas. Mi familia es un matriarcado, somos lobas bajo la piel de cordera. Aunque yo ahora, me vea más al revés.

Prometo que volveré a ser una loba. Porque nuestros hijos… Pueden quitarnos la vida, pero jamás nos quitarán… ¡La libertad!

Dedicado a mi hermana y mi madre.

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