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Ser madre duele. Parte II

…Lo que de verdad importa y te va a marcar como persona, como mujer, como madre, será el posparto. Y como me he propuesto contar la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, allá voy; aún arriesgándome a perder todo mi sex-appeal. Aunque ya, a estas alturas está en horas bajas después del culo carpeta que se me ha quedado (lo chungo es que empiezo a envidiar a las Kardashians!) y porque ya no marco pezón, marco disco de algodón… Pero la estética pasa a un tercer plano.

El dolor no solo se concentra en la lactancia materna ni en la puesta a punto del útero, no…no. Hay otros daños provocados por agentes externos como el hierro que te recetan justo antes de volver a casa. ¡Prefiero tomar lentejas todo el mes: mañana, tarde y noche que volver a tomar ese infernal elemento químico!. Si no fuera porque no tenía más niños en la barriga, diría que he dado más veces a luz… Me hicieron episotomía, pero lo mío fue un coser y cantar.

Pasan los días y el cuerpo se va reconstruyendo poco a poco. Van apareciendo las molestias power de espalda por cargar al pequerrecho y dicho sea también, por hacer maniobras de funambulista entre la cama y el moisés donde duerme Simón. A veces me despierto cruzada en cama y con la cara haciendo equilibrios con el borde de la cuna… Menos mal que los niños tienen memoria de Dori… ¡por ahora!

La barriga empieza a convertirse en blandiblú y hay que tomar cartas en el asunto. Empieza el masoquismo. Piensas que si la Beckham se recuperó pronto, tu también. Me pongo en manos de un fisioterapeuta y me dejo pegar. Pegar cintas que vienen del infierno y que tienen como objetivo devolver mis entrañas más rápido a su sitio y a deshinchar la barriga. La imagen es real como la vida misma, no tengo fotos de las heridas que dejan en la piel (hemos comprobado que a las recién mamás, da igual la marca del producto, nos cuesta horrores sacarlas y se nos pegan especialmente a la piel dejando heridas). Pero es que para estar guapi hay que sufrir, ¡¿no!?.

Los brazos se adormecen y entro en pánico cuando empiezo a sentir un hormigueo en las muñecas pensando en que se me va a caer Simón haciendo un doble carpado hacia atrás terminando el salto con la posturita del cristo. A medida que va creciendo (y hay que ver lo rápido que lo hace!), el dolor de brazos y de hombros se hace más intenso. Cuando termine la lactancia me voy a plantear el presentarme a un campeonato de fitness con los brazacos que se me van a quedar.

Ahora en la distancia veo que las clases pre parto son banales; se centran más en cremitas, posturitas y respiraciones que en lo que de verdad importa: el posparto o puerperio.

Veteranas de guerra coinciden en declarar que la conocida como depresión posparto viene provocada por lo complicado y doloroso de la lactancia materna; por verte sola con un bebé mientras tu cuerpo se recompone por dentro mientras tu intentas ser la mejor de las mamás; porque no te puedes sentar (si has tenido episotomía) o porque cualquier postura te tira de los puntos (en el caso de cesárea). Porque no duermes y al final de día no te aguantas ni tu; porque pasan los días y cuando te ves al espejo no te reconoces; porque puedes (¡algo impensable antes!) pasarte 3 días sin ducharte; porque tus comidas son a una mano y frías… Porque ser madre duele.

2 comentarios en “Ser madre duele. Parte II”

  1. Muy buena exposición de los hechos! Espera (y espero ansiosa, entiéndaseme bien) a que llegue la parte III, IV, V…

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